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Diario Clarin
18-02-1995
Espectáculos
Por Guillermo Alerand |
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"Im gonna
miss you, guys", dijo Keith Richards con voz áspera y sentimental a la
multitud cegadora que coreaba su apellido como un mantra. Mick Jagger le había cedido el
centro de la escena tras presentarlo como the honky tonk man (el tipo callejero, o algo
así). Y allí, en la noche de River, solo frente al micrófono, el nombre que lleva
marcados en cuerpos y guitarra la agitada epopeya de la pasión rockera, el icono viviente
más perfecto del rock n roll way of life, se tornó de pronto un trémulo
hombrecito en manos de esa confesión: los voy a extrañar, muchachos, dijo, y agregó en
espontáneo castellano: "En serio".
Era lo que todo el mundo quería
oír. Y sin embargo pocos lo escucharon entre el deslumbrante artificio de sonidos,
fuegos, luces, humo y efectos de video que durante cinco noches convirtieron a River en
una producción de Spielberg con resabios de Blade Runner, marquesinas de Las Vegas y
decorados de Disneylandia. Pero fue, tal vez por eso, la única expresión sincera y fuera
de programa que, por boca de Keith Richards dejaron escapar los Rolling Stones sobre su
paso por estas tierras. La única señal no calculada por una estrategia de marketing que
había diseñado para Jagger frases como "son un público magnifico" o la
previsible "¡Qué potra!" toda vez que la pantalla enfocaba a alguna bella dama
criolla.
Todos soñamos en secreto con ser
los mejores del mundo.
Más precisamente, anhelamos el
reconocimiento de nuestros ídolos, de nuestros modelos; queremos que Passarella nos
convoque a la Selección, que Claudia Schiffer nos guiñe un ojo, que Luis Miguel pregunte
quién es la morocha de la fila dos, que Bioy Casares pondere nuestros manuscritos. Y
también buscamos ser el mejor público, el más entendedor, el más auténtico. En este
sentido, el romance de los argentinos con los Rolling Stones, consumado en estas cinco
noches, pareciera tener menos que ver con los Rolling Stones asi, desnudos, en
estado puro- que con la propia historia de fidelidad hacia una música que tiene a Sus
Satánicas Majestades como dignatarios máximos.
Cuando el rock, a caballo de una
estética musical, estalló en todo el planeta como renovada visión de la cultura, los
Rolling Stones estaban lejos de insinuarse como leyenda. Eso fue hace más de treinta
años en el hemisferio norte, bajo una lengua también emblemática, la lengua inglesa, y
el reinado absoluto de Los Beatles. Ya entonces, por muy numerosas y diferentes razones,
la fiebre hizo nido en dos rincones del sur de América, y México y la Argentina fueron
generando una producción tan caudalosa que derivó en sendas escuelas estilísticas que
hicieron del rock en castellano un movimiento cuya riqueza no registra antecedentes.
Tres generaciones de oscuros
hispanos fueron transmitiéndose ese legado, hasta convertirse en un mercado de consumo
que finalmente las multinacionales "descubrieron. Las estrellas se animaron entonces
a bajar al trasero del mundo, incentivados por los elogiosos comentarios de los primeros
exploradores. Y llegó Sting, y Tina Turner, y The Cure, y Eric Clapton, y Prince. Y
varios cayeron fascinados y se hicieron habitués: Joe Cocker, Los Ramones, Iggy Pop,
B.B.King, Robert Fripp, los Guns NRoses. Y la agenda se colmó con Madonna, Michael
Jackson y el mismísimo Paul McCartney.
La Argentina fue logrando así un
lugar de consideración entre las capitales del rock. Este país extraño y remoto, de
idioma castellano y hábitos semieuropeos había vivido al compás del sueño eléctrico
que supo conmocionar al mundo.
Solo faltaba el reconocimiento
explícito, la bendición de algún sumo pontífice, el certificado de graduación.
En verdad, no hubo tres
generaciones esperando más de treinta años para vea a los Rolling Stones. Hubo tres
décadas de amor desaforado por el misterio insondable de una música, un amor de carne y
hueso decidido a no rendirse sin un mano a mano con lo que los Stones encarnan: la suprema
deidad de un rock eternamente callejero e inoxidable.
No parece casual que el momento de
la consagración haya coincidido con el de la despedida. Todos estamos un poco más
grandes desde que Keith Richards confesó que nos iba a extrañar. Nosotros también lo
extrañaremos.
En serio. |