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Diario La Nación
30-03-1998
Espectáculos
Por Laura Franco |
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Se corren los cortinados teatrales y el
universo contenido en la pantalla circular explota. Entonces, el imperativo bíblico
vuelve convertido en un "hágase el rock". Y el rock se hizo rolling stone. Un
aullido atraviesa el estadio de River cuando las primeras notas, inconfundibles, grabadas
a fuego en cada uno, son las de "(I Can Get No) Satisfaction", el campo se
sacude con los saltos.
El viaje ha comenzado. Y las
65 mil personas que colman el lugar se suben a la música, se dejan llevar por la energía
de ese ser salvaje en el que se convierte Mick Jagger sobre el escenario, por el carisma
de Keith Richards y por la puntillosa batería de Charlie Watts.
Son los Rolling Stones y este
país los ama. Y no tiene problema en mostrar la magnitud de ese sentimiento. Por eso,
sobre el final de ese primer tema, el protagonismo vuelve al público que corea su amor
convertido en cantito futbolero. La banda devuelve con "Let's Spend the Night
Together" y, como volviendo el tiempo atrás, la pantalla circular muta a un austero
blanco y negro, lluvioso, de película vieja.
Un recital pensado para los fans.
Con certeros golpes a la emoción. Y un recorrido por los clásicos que todos conocen, que
todos repitieron. Que fueron la cortina musical de la mayoría de los que están aquí.
Unos, los más grandes, porque los escucharon de jóvenes (el primer tema del show es de
1965, el segundo de 1967) y otros, los más jóvenes, porque se los escucharon a sus
padres, fueron bandas de sonido de películas y de fiestas y, una y otra vez, sonaron y
sonaron por las radios.
La red en
acción
"¿La están pasando
bien?", pregunta el cantante y el público ruge, agradece la oportunidad de poder
decir su pasión stone a pleno. "Naveguemos por Internet", agrega, y en la
pantalla aparece la página en la que se pudo votar, en los días previos, qué tema se
prefería de una lista de veintiún canciones. Un recorrido lleva a la ganadora,
"Under my Thumb", en una vuelta a los viejos tiempos, ya que pertenece a
"Aftermath", el cuarto álbum de la banda.
Nuevo acto. Jagger, de saco
brillante con lenguas doradas en la solapa y una muy rocker Fender roja para hacer
"Miss You". Aquí nuevamente toma protagonismo Lisa Fischer. Con un largo
vestido con profundos tajos a sus costados, la corista baila su baile de seducción. Mueve
su cuerpo y hasta logra, sentada en una tarima, con sus largas piernas cruzadas, que el
cantante pasee por ella su lengua. Los chicos lo admiran, las chicas la envidian.
También se luce en ese tema Bobby
Keys, que arranca aplausos. Es que el saxofonista tiene un capítulo en la larga historia
stone, tanto como que su primera colaboración con la banda se remonta al "Let it
Bleed", a fines de los sesenta.
Locos y
gitanos
En casi perfecto castellano,
Jagger presenta a los músicos de su bando. Comienza por los invitados, pasa por "el
loco" Ron Wood, consigue una ovación (como sucedió en 1995) para Charlie Watts y
culmina con "el gitano" Richards.
Es su momento, en el que
canta dos temas, "Thief in the Night" y "Wanna Hold You". Emocionado
por los aplausos, Richards se entrega, casi de rodillas, en extraños ritos que suenan a
Oriente.
Luego, la sorpresa. Del
escenario comienza a elevarse una escalerilla que es puente. Por él, los músicos
llegarán hasta el otro escenario, ubicado casi en la mitad de la cancha, a 52 metros del
principal.
Un círculo, rodeado de gente, en
el que la banda vuelve a sus verdaderos orígenes. Un quinteto de rock, como en un
pequeño club. Como antes, como siempre. Los temas elegidos son acordes: "Little
Queenie", viejo rock de Chuck Berry; "The Last Time, de 1965, y "Like a
rolling stone", el himno de Bob Dylan (que, confiamos, esperamos, repitan con él, el
próximo sábado). El estadio entero corea el estribillo, mientas Jagger gira alrededor de
la pequeña tarima.
El recital no da tregua, los
Rolling Stones no escatiman nada ni se toman recreos. Por eso, mientras caminan de vuelta
hacia el escenario principal, ya comienzan a sonar los tambores tribales. Ese sonido
antiguo que prenuncia un viejo fantasma, una obsesión humana. "Sympathy for the
Devil", aquel que, bien leído, le devuelve al hombre la responsabilidad de su
horror.
Todo el tiempo, Jagger hipnotiza.
Camina como un animal salvaje, sin dejar de cantar, por el largo escenario de 54 metros.
De pronto se para, se planta en sus pies y mueve su cuerpo, levanta los brazos y nadie
puede dejar de mirarlo, de seguirlo en su locura. No parece, ni de lejos, el mismo que el
sábado apareció en las pantallas de televisión con saco rosa, durante la conferencia de
prensa que otorgó la banda. Este es el verdadero Mick Jagger. Es en escena donde alcanza
toda su dimensión de gran artista, de provocador profesional. Su cuerpo vibra con la
música y no ahorra nada. Lo entrega todo.
Lo nuevo y lo viejo
"Bienvenidos al Bridge to
Babylon, qué bueno estar de vuelta aquí", dice Jagger, en castellano, se saca el
saco azul y queda en camisa naranja y remera amarilla. Es tiempo de cosas nuevas y
presenta entonces "Flip the Switch", el aceleradísimo tema que abre su último
disco. Es cierto, es uno de los más rápidos que ha grabado la banda y Jagger aprovecha
para demostrar una vez más que todavía sabe moverse, que su cuerpo, fibroso, parece
electrificado por el rock and roll, que sigue disparando flechazos de sexo-rock desde sus
caderas.
Volvemos nuevamente en el tiempo
para "Gimmie Shelter", y Lisa Fischer comienza a mostrar su capacidad de
actuación, cantando con Jagger, retrucando en voz y movimiento, seduciéndose uno al
otro.
Todos parecen saber de memoria la
guitarra de Keith, lo admiran y aman y él devuelve con un gesto completo: los dos puños
golpean su frente, su pecho, su abdomen y sus pies, para quedar casi rendido frente a esta
multitud.
"Vamos a bajar un poco",
nos dice Jagger, toma una guitarra acústica y en un casi completo despojamiento hace
"Sister Morphine", un tema estremecedor, profundamente dramático. Un hombre,
cerca de la muerte, le habla a la morfina, su hermana, la única que puede acallar el
dolor.
Ya lo había anticipado Jagger en
la entrevista exclusiva que concedió a La Nación. Este show tiene características de
ópera; no abusa de la tecnología, sino que busca en el diseño, en la creatividad. Desde
el escenario, con sus grandes cortinados y estatuas y su dorado de gran teatro clásico y
hasta su concepción de actos. Y éste fue, sin duda, el tramo más intimista, el más
conmovedor.
Rápidamente, le esquivan a la
melancolía y suena "It's Only Rock and roll". La guitarra de Richards enloquece
a la gente, mientras las luces arman (lo hacen durante todo el show) distintos climas y
situaciones con simples cambios y combinaciones de colores.
Después de un clásico, dos temas
nuevos. Primero "Saint of Me". Otra vez Jagger con acústica, tomándose un
respiro de tanta acción, mientras la pantalla alterna imágenes del momento con otras del
videoclip correspondiente al tema y los cortinados del costado descubren una gigantesca
estatua dorada, con aires orientales. Para sorpresa, quizás hasta de los mismos músicos,
la gente corea el tema. Luego es "Out of Control", que el cantante comienza
tranquilo, como contenido, para literalmente perder el control, explotar en saltos casi
imposibles y terminar tocando la armónica, escoltado, perseguido, rodeado por Keith
Richards y los sonidos que arranca de su instrumento.
Hombre y dios
Es un hombre sin miedos. Un
dios frente a sus adoradores. Esquiva remeras que son ofrendas y, cuando manotea alguna en
el aire, la devuelve. El que la toma, sentirá que ha sido bendecida por su ídolo. Que ha
conseguido un trofeo de show.
El recital nos sigue paseando
por el tiempo. Los Stones han decidido apropiarse de su historia de 35 años, que también
es la de muchos de los que están aquí. Tal vez por eso, los ritos argentinos del rock
brillan a pleno esta noche espléndida. Allí están los cantos del amor, los brazos
levantados en una entrega sin titubeo, los encendedores de la emoción, las remeras que se
agitan y giran en el aire. Y Jagger, que ya aprendió cómo se vibra aquí, aprovecha cada
ocasión para alentar y compartir el juego.
Dejaron para el final lo más
contundente. Los temas que ellos saben que golpean, sacuden y hacen vibrar, sin duda. A
"Sympathy..." le siguió "Tumblin'Dice", "Honky Tonk Women"
y "Start Me Up", acompañado por fuegos artificiales.
Suena un riff inconfundible.
Jagger se calza anteojos negros. Y, remera azul sobre remera roja que levanta para mostrar
su pecho, comienza a cantar "Jumpin' Jack Flash". Más fuegos y, para completar
la escena, el cantante hace flamear su remera y todos, miles, hacen lo mismo.
Helicópteros del rock.
Richards, que ha demostrado,
durante las dos horas y veinte que dura el show, lo que es rockear y cómo es en verdad su
trabajo junto a Ron Wood (lo que él llamó el "antiguo arte del entretejido" de
las guitarras), quiere más. Quiere acercarse. Se baja del escenario y, sin dejar de tocar
su guitarra, se pasea frente al vallado mientras cientos de brazos se estiran para tocarlo
o, al menos, saludarlo.
El estallido
final
Se van, pero vuelven. Nada menos
que con "You Can't Always Get What You Want" y, final de los finales,
"Brown Sugar". La gente comienza a saltar, pero una de las últimas sorpresas
del show los deja semiparalizados: desde varios puntos del estadio comienzan a volar
pequeños papelitos plateados que, iluminados, se convierten en una nevada irreal.
Es el final. Los saludos. Las ganas
de más. Richards se cuelga todo lo que le ofrecen. Remeras superpuestas en su cuello,
vinchas en su frente, pequeñas banderas. Se llevará todo, los aplausos y las
ofrendas.
Se van y aún dejan un estallido. Y
no sólo en los corazones. Los fuegos artificiales, por todo el fondo del escenario, son
sí el final de la fiesta. De esta primera, porque todavía hay más. |